Recientemente volví a ver un magnífico programa de la televisión inglesa dedicado al gran ausente de su escena: Peter Brook. En él, el escritor Jean-Claude Carrière describe el largo camino que condujo a ambos creadores a la realización de El Mahabharata, un espectáculo emblemático del final del siglo XX.
Sentado frente a una pila de libros que forma la inconclusa edición francesa de la gran epopeya india, Carrière recuerda los largos años de un proceso que iluminaron las palabras iniciales del director: “No te preocupes, lo haremos cuando esté listo. Pero definitivamente lo haremos”.
La paciencia del viejo sabio del Bouffes du Nord, premiada con el éxito mundial de su montaje y su versión cinematográfica, otorgaba así la dimensión justa a una obra monumental que no podía realizarse bajo cualesquiera circunstancias. El cultivo sistemático de las condiciones que algún día permitirían la realización de tan descomunal tarea, resultó una luz más en su inspiradora ejemplaridad.
Todo lo contrario sucede por estos lares donde, si no lo hacemos “ahorita”, sea como sea, probablemente ya no lo haremos; donde la promiscuidad de nuestro accionar oculta la magnitud de toda obra de valía, su probable lugar en una jerarquía artística, al confundir los granos entre la paja.
Así ha sucedido, por desgracia, con uno de los dramaturgos más importantes del último tercio del siglo XX: Bernard-Marie Koltès, quien, a pesar de haber sido escenificado en varias ocasiones, permanece inédito sobre los escenarios mexicanos.
Primero fue el glamoroso lanzamiento de un autor proclive al clandestinaje, con el estreno de
Roberto Zucco, ese estremecedor Woyzeck contemporáneo, en una puesta en escena signada por el desencuentro entre su directora, el escenógrafo y el elenco.