Por medio de una programación que ayudamos a definir Juliana Faesler, Mauricio Jiménez y el autor de estas notas, el atractivo Foro de las Artes del CNA, se convierte poco a poco en un espacio para teatralidades alternativas a aquel teatro que es, en lo fundamental, la interpretación de un texto previamente existente.
La elección, entre casi un centenar de proyectos, de este tipo de apuestas escénicas busca compensar, aun cuando sea de modo mínimo, la abrumadora tradición textual-interpretativa cuyos modos y usos están tan arraigados entre nosotros que Jorge A. Vargas no pudo registrar, en México, la coautoría del espectáculo Latitudes cruzadas (coproducción internacional que se estrena en el remodelado Festival del Centro Histórico), mientras si pudo hacerlo en Francia y Canadá.
Es decir, que en nuestro país aún no se ha asimilado del todo el acontecimiento fundamental del teatro del siglo XX: el surgimiento de la puesta en escena y las nociones de escritura, y por ende autoría, que implica.
Quizás la diferencia con aquellas tradiciones culturales estribe en que aquí, la emancipación del lenguaje escénico no pasó por una ruptura total con el texto como proyecto explícito o implícito de representación, y su asociación mecánica con la palabra. En México, salvo algunas excepciones, la renovación escénica no estuvo rodeada por el silencio (como lo pedía a gritos Edward Gordon Craig) sino ligada fundamentalmente a los textos, y, sobre todo, a los grandes textos clásicos.
La segunda obra que se presenta en la actual temporada del Foro de las Artes,
Los ciegos, muestra las ambigüedades de querer conciliar texto y escena (como lo señalé la semana pasada en el caso de
Autoconfesión) sin que antes hayan reñido del todo.