“Mira esto”, le dije a Otto Minera a la entrada del Teatro Orientación: “es una maravilla”.
“¿Lo dices porque tú lo hiciste?”, inquirió en son de broma.
“No. Lo hice porque es una maravilla”.
Nos referíamos a la edición mexicana de Un actor a la deriva, el libro autobiográfico de Yoshi Oida que, con olor todavía a tinta, reinaba sobre la mesa de publicaciones que El Milagro regaló, para celebrar sus once años de existencia, a los escasos pero intensos espectadores que asistieron al festejo y la función conmemorativa de Belice.
En esos once años, El Milagro se ha convertido en uno de los inmensos espacios mínimos que mantienen viva la sensibilidad de nuestro teatro, en una referencia imprescindible. Su título número 73, que forma parte de la hermosa colección de escritos teóricos “El apuntador”, es una maravilla (permítaseme seguir el juego de un orgulloso traductor) en varios sentidos.
En primer lugar, porque Un actor a la deriva es un libro escrito desde la experiencia de un actor; y, porque en este caso, se trata de un actor excepcional. Siendo como es un libro de memorias, no comparte las tentaciones de vacuidad que enturbian a otros ejemplares del género cultivado por cómicos míticos como Sarah Bernhardt o Sir Laurence Olivier. Siendo como es una bitácora de viajes, no pierde jamás de vista su objetivo: “encontrar al viajero”.
No está de más aclarar que la experiencia del autor rebasa también la posibilidad común. Formado en el teatro clásico japonés, Oida se interesó siempre por las expresiones artísticas contemporáneas, razón que –como él mismo narra– lo acercó a los trabajos teatrales del escritor Yukio Mishima, y le impidió negarse a la invitación que Peter Brook le hizo, en plena revuelta cultural del 68, para integrarse a una compañía multicultural que habría de recorrer el mundo (Persia, África, América, India) en busca de un teatro que lograra romper las fronteras de toda cultura.