En México, la falta de imaginación de los productores cinematográficos (tanto en los temas y géneros que deciden financiar como en los elencos elegidos), sólo es superada por la de los productores de ópera que, ya se sabe, suele ser uno solo.
Por ello, hemos celebrado aquí la iniciativa del Festival Internacional de Música y Escena que ha llegado, con un programa muy disminuido, a su quinta edición. Y, por ello, celebramos la iniciativa de la UNAM para integrarse al encuentro con la producción de Tres óperas británicas para perder la cabeza.
El atractivísimo programa, que se presentó como una unidad (sin intermedios) en dos únicas funciones en la Sala Miguel Covarrubias, puso en contraste la aventura literario-musical de los dos compositores ingleses (Judith Weir y Paul Barker) y la ausencia de riesgo escénico al convocar a un director de lo mismo (Benjamín Cann).
Cabe aclarar aquí que Cann, junto con Sergio Vela (la cabeza que ronda tras este programa) y algún otro director, han consumado una renovación de la escena operística mexicana. Juntos han logrado desterrar las ilustraciones decimonónicas e instalado, sobre el escenario de Bellas Artes, formas que corresponden ya al siglo XX (sería presuntuoso decir que al XXI), pero han conservado ciertas ataduras que mantienen viva la semilla mortuoria del tradicionalismo.
Verdad es que Sergio Vela ha conseguido una apertura del repertorio y ha desechado lastres antaño omnipresentes, como las convenciones pretendidamente realistas o la confusión entre tiempo real y tiempo musical que enturbia el desempeño escénico de los cantantes, pero ha conservado intactos (en su doble función de director de escena y productor institucional) los modos y sistemas de producción. Y, ya se sabe, no existe renovación estética que no se acompañe de un cambio en las condiciones en que se realiza el arte.
Por su parte, Benjamín Cann (como Vela en un par de ocasiones) ha contado con la inmensa fortuna de trabajar casi siempre en mancuerna con Alejandro Luna. La audacia conceptual del escenógrafo que afirma: “escenografía es dirección”, ha garantizado a Cann una consistencia de la que carece el resto de sus realizaciones (tanto teatrales como operísticas).