Al hablar sobre la pasada Muestra Nacional de Teatro, mencioné una puesta en escena xalapeña de El rey se muere, de Ionesco, que levantó cierta polémica y que no me fue permitido ver.
Junto con otros trabajos de San Luis Potosí, Monterrey, Sonora y Nayarit, la escenificación de Fernando Yralda Alonso formó parte del segundo ciclo “Invasión excéntrica” organizado por el Centro Cultural Helénico.
Vista en el contexto defeño, sorprende que esta obra haya siquiera interesado a algún especialista, pues fuera de sus buenas intenciones, la versión del “Laboratorio escénico” de Xalapa no resiste ni un mínimo análisis y confirma la impresión de hallarnos, en el caso del teatro “excéntrico”, frente a un terreno desolado.
Sin embargo, la programación de estas obras en el Helénico y las diferencias de apreciación surgidas de los distintos contextos en que fue presenciada una misma obra, plantean dos puntos de interés sobre la naturaleza específica de la crítica teatral.
Mi colega y amigo, Rubén Ortiz, hacía una espléndida crónica (por desgracia un género olvidado) oral de la presentación de El rey se muere en la MNT. Su descripción del momento en que José Solé se vio obligado a ocupar el trono del monarca moribundo y de la involuntaria actuación de Claudio Obregón, cuando debió sostener la lanza que otorga poder al jefe de sus ejércitos, revelaba una interesante simbología otorgada por el azar de ambas presencias.
Desde luego, la mutabilidad del significado y de la percepción de un montaje teatral se reduce en forma proporcional a su solidez conceptual y la contundencia de sus formas, pero el hecho plantea irremediablemente una dificultad de la crítica teatral: la necesidad de otorgar un punto de vista fijo sobre un fenómeno que, puesto que está vivo, se encuentra sujeto a las variaciones de todo organismo viviente.