No sólo en el ámbito de la tradición universitaria puede hablarse de una “generación perdida” equiparable a aquel grupo de dramaturgos bautizados así por un investigador norteamericano. En realidad, el relevo generacional de quienes siguen siendo los maestros de la puesta en escena mexicana, se desvaneció poco a poco.
La ausencia ya difícil de remontar de Marta Luna y los fallidos intentos por volver al teatro, carcomido el oficio por la práctica en otros medios, de Salvador Garcini y Jesusa Rodríguez, dejan solo en el panorama de la dirección escénica a José Caballero. Mientras Jesusa resintió el desgaste de combatir en múltiples campos de batalla y llegó minada a un muy discutible Macbeth, Caballero consiguió en el 2002 uno de sus trabajos escénicos más redondos (Fedra y otras griegas).
Acaso Ricardo Ramírez Carnero, quien a principios del año que se ha ido logró también una de sus mejores realizaciones (El lector por horas), acompañe en la marcha al único sobreviviente de la tercera generación de directores universitarios.
El vacío y agotamiento de este grupo contrasta lógicamente con el encumbramiento de un nutrido núcleo de directores, alrededor de los treinta años, que llenan las carteleras oficiales, algunas salas comerciales y, a últimas fechas, escalan puestos en la burocracia cultural.
A la amplia aunque desigual producción de Mauricio García Lozano (Como te guste, Juan y Beatriz) y Carlos Corona (que acumula reposiciones y estrenos), se suma la repetición del éxito comercial de Antonio Castro (Las obras completas de William Shakespeare… y 1822), un espectáculo de Francisco Franco (una de las presencias a todas luces injustificables del SNCA) que pasó sin pena ni gloria (Boing), la veloz caída del candelero de Israel Cortés, y el nombramiento por decreto misterioso, de una no menos misteriosa comisión, de Claudio Valdéz Kuri como el representante internacional del teatro mexicano (a pesar de la falta de consecuencias de su más reciente trabajo: La banda del automóvil gris).
A la actitud evasiva del juego por el juego y el humor condescendiente, el cuidado del lenguaje plástico y descuido del compromiso actoral con la ficción, habría que añadir ahora un rasgo de carácter que explica parcialmente su encumbramiento en el ámbito cultural: este grupo de practicantes del teatro ha hecho de la amabilidad tanto su actitud como su programa estético.