El cerrojazo del año del señor de 2001 estuvo marcado en materia teatral (y lo festejamos a su debido tiempo), por la entrega del Premio Nacional de Artes y Ciencias, en la rama de Bellas Artes, al escenógrafo Alejandro Luna. El segundo en la especialidad después de don Julio Prieto.
La edición 2002 del prestigiado premio tiene como consuelo literario el reconocimiento a la obra de Luisa Josefina Hernández, pero, en términos escénicos, dejó en el camino las candidaturas de dos de los formuladores esenciales de la teatralidad moderna en México: Juan José Gurrola y Ludwik Margules.
Sin embargo, el año del señor que desfallece significó para ambos creadores un momento crucial en sus brillantes trayectorias. Testigo fortuito de un par de acontecimientos separados por escasas 24 horas (la celebración de un trabajo académico en El Foro/Teatro Contemporáneo y la función de El doliente designado en presencia de su autor, Wallace Shawn), este cronista puede dar fe de la extraordinaria sensibilidad que una trombosis reavivó en el director de origen polaco y del quiebre emocional con que el legendario enfant terrible agradeció la complicidad de sus amigos y secuaces en un espectáculo que significa toda una resurrección.
La extraña sincronía dejó en claro la conciencia de ambos hacedores de teatro respecto a la posibilidad de que estas obras (en el caso de Margules, el éxito de Los justos no se había dado así desde Cuarteto) se conviertan en su testamento artístico, la responsabilidad ética de afrontar cada creación a sabiendas que puede ser la última. Para quien esto escribe, tales acontecimientos resultaron el entrañable testimonio de la importancia vital que ambos hombres otorgan al arte, más allá de cualquier declaración retórica.
El carácter mismo de
El doliente…, un lúcido y no menos sentido homenaje a una estirpe intelectual que se extingue, parece confirmar mis impresiones; al tiempo que
Los justos se revela como la culminación, en términos progresivos, en la estética de su director.