No son buenos tiempos para la lírica. Eso está claro.
La edición número XXIII de la Muestra Nacional de Teatro no permite, por fortuna, buscar culpables, pues fue organizada con premura por el Instituto Veracruzano de la Cultura –que entró a salvar pellejos norteños– y la Coordinación Nacional de Teatro del INBA en plena transición de administraciones.
Al no existir chivo expiatorio, podemos asumir que lo visto en medio de la neblina jalapeña es un panorama claro del estado del teatro nacional. Y el balance revela amplios desfalcos.
La ausencia de trabajos que dieran brillo a la reunión anual de los teatreros del país no disminuye desde luego su importancia, pero obliga a replantear sus objetivos y estrategias. Si en todo el territorio nacional no pueden reunirse cinco puestas en escena de calidad (el problema no está en los métodos de selección –créanme: no hay maravillas ocultas tras las piedras), hay que reformular la vocación del encuentro en espera de otros tiempos.
En primer lugar, la Muestra Nacional debería confrontar a los teatreros del país y al público de la ciudad sede (ya se sabe que ésta cambia cada año) con 4 ó 5 producciones seguramente defeñas (y por qué no internacionales) cuya calidad oriente a creadores y públicos en la construcción de un gusto estético, una sensibilidad y una exigencia.
Acaso éste sea el punto que hay que reprochar a la dirección artística de este año (formada por Eduardo Ruiz Saviñón, Janet Pinela y Raúl Santamaría, cuyos créditos por cierto no aparecen en los programas) y a los funcionarios entrantes o salientes, pues varias de las obras llevadas del Distrito Federal no sólo decepcionaron ampliamente a públicos y teatristas, sino que dieron señas de falta de profesionalismo al presentarse en condiciones totalmente disímbolas a aquellas en que se presentaban originalmente, o al hacerlo después de meses de abandono y con elencos parchados.