Por segunda ocasión, el grupo alemán Theater an der Ruhr ha presentado en México tres obras de su repertorio. En su primera visita, hace exactamente 10 años, la compañía fundada por el tránsfuga milanés Roberto Ciulli y Helmut Schäfer, presentó tres piezas del repertorio clásico y contemporáneo (La muerte de Danton de Büchner, A puerta cerrada de Sartre y Kaspar de Peter Handke) con puestas en escena de actualidad radical.
Para un joven director apasionado de Büchner, aquellas escenificaciones resultaron un deslumbramiento y una gran enseñanza. Diez años después, para él, las nuevas obras del Theater an der Ruhr (La ópera de tres centavos de Brecht, Antígona de Sófocles y El principito, adaptación del relato de Saint-Exupéry) han perdido su valor iluminador.
La experiencia personal de la década puede haber contribuido para ello, pero también es cierto que las puestas en escena de Roberto Ciulli (a juzgar por los ejemplos) se han vuelto en cierto modo “tradicionalistas”. No por ello menos disfrutables; o al menos, en los casos de La ópera… y El principito.
Su Antígona se cuece aparte y presenta dificultades críticas particulares pues no logra despertar un interés desde ningún punto de vista. Aburrida por ilegible, estéril pues jamás logra convocar sentimiento alguno, inarmónica visualmente y protagonizada por una actriz de fuerza muy inferior a muchos de sus compañeros, la interpretación de Ciulli de un trágico griego era tan atractiva en el papel como decepcionante en el resultado.
La ópera de tres centavos presenta, en cambio, varios puntos que invitan a la reflexión. Articulada como un homenaje y una mezcla del cabaret alemán y la comedia italiana, la escenificación se apega a la ortodoxia brechtiana y su incorporación de los códigos populares.
Para ello, resulta fundamental la presencia del propio director quien transita entre una especie de intendente italiano de un teatro de ópera, que enfatiza el fundamental desencuentro entre el gran género y la anti-ópera propuesta por Brecht y Weill, un maestro de ceremonias, una deliciosa y desfachatada madrota y un ácido
clown, que delata el absurdo de un mundo regido por los intereses económicos.