Dos acontecimientos diametralmente opuestos del XXX Festival Internacional Cervantino signaron las tensas relaciones del arte teatral y las tradiciones. Como indica el siempre preciso Peter Brook, uno debería pasar la mitad de su vida destruyendo las falsas tradiciones, y la otra mitad defendiendo las auténticas. “El respeto por unas nutre la iconoclasia frente a las otras”.
Así, no deja de alarmar la presencia en México del suizo Teatro Malandro con su espectáculo Ay! Quixote, que Fernando de Ita anuncia en la edición especial del Festival, como ejemplo del “mestizaje cultural que le está dando al viejo continente nuevas formas y contenidos”. Estoy seguro que al escribir sus notas, De Ita no había visto el trabajo del director de origen colombiano Omar Porras. De otra forma coincidiríamos en que ese “mestizaje cultural”, que ahora nos venden a precio de oro a los inocentes mestizos, no es sino el nuevo espejito del colonialismo en materia artística.
Ay! Quixote, un espectáculo tan grandilocuente como vano, tan bien hecho como inútil, una especie de Lindsay Kemp treinta años tarde, nos presenta una vez más la visión folclórica de la tradición hispana a la que el resto del mundo nos ha condenado o a la que los propios hispanoamericanos nos hemos sometido gustosos.
Todo lo contrario resultó la primera visita a México de una compañía completa de Bunraku, el teatro de marionetas japonés. En esta prodigiosa tradición, que se mantiene viva en la perfección de sus formas y el sentido de renuncia de sus ejecutantes, es posible observar los orígenes rituales del teatro (las marionetas en un principio fueron manipuladas por chamanes), su combinación (aún cuando ambas formas permanecen relativamente separadas) con las formas narrativas populares, la inevitable mezcla de estilos musicales y representacionales de todo teatro primigenio, así como la simbolización de la conducta y de las visiones que el propio ritual posibilita.
Influenciado por el éxito del teatro kabuki durante el siglo XVIII, en la muestra del arte del bunraku que hemos podido observar en México, está clara también la necesaria convivencia de lo alto y lo bajo, lo trágico y lo cómico (lo sagrado y lo tosco, diría Brook), a la que nos hemos referido hace dos semanas y a la que no escapa ni siquiera el teatro noo, el arte sagrado japonés, que combina sus tramas heroicas y mitológicas con los entremeses o personajes cómicos llamados kyogen.