Tal y como lo anticipamos, el Tío Vania presentado por el Teatrul Bulandra de Rumania, como parte del XXX Festival Internacional Cervantino, reunió a un grupo de magníficos actores con una puesta en escena de imágenes singulares. La salvedad, en este caso, es que las últimas pertenecen a la fantasía del director ruso Yuri Kordonsky.
El director huésped concentra la acción de la obra chejoviana en un kiosco que, cual auténtico palafito, se sostiene sobre las aguas y al que sólo puede accederse por medio de puentes. La fragilidad del espacio, de innegable belleza, contrasta con la fiereza del medio ambiente (tormenta incluida) estableciendo así una clara simetría con la vulnerabilidad de los protagonistas una vez enfrentados a su íntima naturaleza.
Ahí, la influencia de la escuela stanislavskiana hace su aparición pues la puesta en escena, que demuestra su coherencia y solidez a todo lo largo de sus 2 horas y media, se sustenta definitivamente en las acciones físicas de unos personajes poseídos por la manía de hacer. Incapaces de detenerse, de concederse un momento de reposo, los habitantes de la famosa finca contradicen el ocio, el estancamiento temporal, tan determinantes en las obras del autor ruso que reinventó el teatro para el siglo XX.
Quizás sea esta falta de contraste lo que impide una mayor profundidad emotiva que, con un elenco tan capaz, se echa de menos. El
Tío Vania rumano consigue una impecable eficacia, la creación de muy diversas atmósferas, pero no cala profundo en la sensibilidad del espectador. A pesar de su belleza, la manía de hacer, y hacer cosas extrañas, revela un afán de originalidad (como beber el té por el ombligo) no siempre orgánico ni asumido plenamente por los actores. El significado íntimo que las acciones físicas deberían aflorar, queda en muchos casos ilustrado, como el humor metido con calzador.