Existe un inquietante filme de Louis Male, Mi cena con André, en el cual el dramaturgo y actor, Wallace Shawn, se sienta a la mesa durante casi dos horas y conversa con el director de escena André Gregory. El guión, escrito al alimón por ambos teatreros neoyorquinos, retoma las experiencias parateatrales del segundo e implica un sacrificio del primero, autor de la idea. Shawn se pone “de pechito”, como un incrédulo y rutinario escritor que se limita a dar pie o a comentar tímidamente las exóticas aventuras y los intensos puntos de vista de Gregory.
Tal parecería que para dar cuenta de esos “otros mundos”, hace falta un relator, un intermediario con un pie dentro y otro fuera, un ser fascinado por esa franja oscura de la realidad y, a la vez, con la distancia suficiente para no quedar cegado por ella. Ese es el caso de Jack, El doliente designado para redactar la elegía del mundo de las ideas, para contar entre lamentos la agonía del pequeño e inmenso mundo de la intelligensia.
En la exigente apropiación de este personaje, resentido y nostálgico, admirado y repelente, David Hevia se enfrenta a un auténtico tour de force y sale de él triunfante y abatido, pleno de sensaciones y exhausto de expresión. En su regreso teatral a México, después de una década de trabajo con el alemán “Theater an der Ruhr”, Hevia encarna un conmovedor testimonio del arte del actor, otra especie (cuando menos en nuestro territorio) en vías de extinción.
Concentrado y atlético, generoso, complejo sin menoscabo de su espontaneidad, David se compromete a fondo con su criatura y demuestra, como lo escribió Juan José Gurrola hace ya unos veinte años, que “el actor es el primer poeta, el poeta primario…” del teatro.
Acompañado discreta y eficientemente por Héctor Téllez y Gabriela G. Hopkins, encargados de personificar al intelectual (Octavio) atrapado en el mundo de las ideas y a su amanuense (Elena), encargada de construir y perpetuar el mito que lo rodea, el histrión de cuenta de un mundo que ha desaparecido tras la explosión de esa otra franja de realidad, violenta y sigilosa, que las teorías, las grandes conceptualizaciones, las sutilezas del arte y la cultura, no permitieron observar.