2. De cuando Boris Schoemann fue nominado como la revelación actoral del año (en francés)
Sin dejar de aplaudir la triunfal entrada de huéspedes tan distinguidos, un maratón semejante presenta requerimientos especiales y espaciales. A saber, una unidad ambiental que ofrezca a la vez la sensación de novedad: la uniformidad de género y la especificidad del transgenérico.
Sobre el escenario, que únicamente en la primera obra logra convertirse en un espacio específico gracias al empleo de la propia arquitectura (el bunker donde la familia Perón congela sus cuentas y migrañas), un cementerio de frigoríficos remite tanto a las cajas fuertes de los bancos suizos, como al frío siberiano y los depósitos de heroína.
Más conceptual que funcional, pues a lo muy largo de la velada permanece inexplorada y como marco para tres espacios convencionales, la instalación firmada por Gabriel Pascal pierde su innegable atractivo entre una hoja del tríptico y la otra. En su frivolidad, el invitado comienza a sentir que ese decorado ya está muy visto.
Por el contrario, la cohorte de actores compartidos (Julieta Egurrola, Enrique Arreola, Juan Carlos Barreto y Mariana Giménez, a los que se suman las intervenciones esporádicas de Daniel Giménez Cacho, Odille Lauría, Verónica Segura y Boris Schoemann) garantizan la unidad del abigarrado universo descrito por el autor, ofrecen ricas combinaciones de temperamentos y, gozosos en la vorágine energética y de acontecimientos, dan colorido cuerpo a tres sensibilidades de dirección diametralmente opuestas cuya constatación resulta el elemento más atractivo de este enorme depósito de inmundicias. ¡Basuras!