Misteriosos son los mecanismos que rigen el azar de las obras, la difusión de los artistas. En un medio donde reina la premura y la ansiedad por estar sobre la escena suele atropellar al rigor, es una gratísima sorpresa la presentación profesional de una dramaturga que muestra de entrada una madurez artística y un conocimiento del oficio a todas luces ejemplar.
Si a estas cualidades la diosa fortuna añade una puesta en escena brillante y un apasionado equipo de trabajo, ya se puede imaginar el promisorio destino de la criatura en cuyo nombre, Fedra y otras griegas, se condensa un universo de pasiones femeninas.
Enfrentado con una extraña disposición triangular del Teatro El Granero, me descubro de pronto boquiabierto ante el ritmo, los enlaces, la contundencia del diálogo, y la festiva equivalencia con que las figuras clásicas reaparecen sobre un escenario del siglo XXI.
Sin aterrizar en una imagen obvia de la actualidad, estos “legados de las percepciones de la introspección humana” (como definió Sagan al mito) encuentran en la teatralidad expuesta (laberinto de feria, lamparitas laser, barco que navega frente a un ciclorama deliberadamente artificial) su cualidad de “nunca acontecido” mientras se adueñan de los personajes (Ariadna, Fedra, Minotauro y otros tantos ilustres) demostrando su condición de “siempre presentes”.
Así, sin menoscabo de su sentido metafórico, de un inquietante atractivo que se condimenta aquí con la ironía de la mirada contemporánea (frívolas sirenas que gozan induciendo al héroe hacia su desgracia, Pasífae locuaz que exige a su descendencia el comportarse a la altura de su leyenda), se explica y se revive el deslumbramiento del amor, la pérdida de la inocencia, los estragos de la traición, la pasión furiosa, el despecho, y otros vermes que habitan el cuerpo de la hembra, que corren infatigables por la mente de la mujer. A través del teatro aquel mundo original se recrea y se renueva.