A tono con las versiones cinematográficas recientes de las obras shakespeareanas, la puesta en escena de Macbeth hecha por Jesusa Rodríguez, se plantea como un pastiche que mezcla épocas y estilos, realismo y simbología, anacronismos y referencias temporales específicas.
El juego resulta extremo, como algunos símbolos (por ejemplo, representar al rey Duncan como un Cristo redivivo que desciende de la cruz tan sólo para ser asesinado) que no potencializan el significado sino lo anulan, olvidando que la imagen teatral debe ser al mismo tiempo precisa y abierta, disgregadora y sintética.
Ya he señalado, además, la diferencia entre el contexto concreto que la obra clásica requiere como referente y las alusiones obvias a la realidad del espectador. Ambos puntos determinan el naufragio paulatino de la puesta en escena.
No obstante, hasta la mitad de su transcurrir, uno piensa que en la formación del público y de nuestro lenguaje teatral siempre es mejor un fracaso de esta magnitud que un éxito del teatro fácil. Al fin y al cabo, la pujante vitalidad del poema sostiene la atención en la truculencia de su trama, en el carácter extraordinario de su lenguaje, en la contundencia de sus personajes.
Hacia la segunda mitad de la obra, estos pensamientos por desgracia desaparecen. La desarticulación de la puesta, claramente visible en el espacio de Carlos Trejo, se torna francamente caótica, las ideas ceden su espacio a las ocurrencias con que se busca tan sólo resolver el pasaje, las mezclas temporales dan lugar a un coctel de estilos y formas interpretativas (del realismo al convencionalismo “heroico”, de la cita plástica textual al lenguaje corporal, de la estridencia deliberada al humor involuntario), la reasignación de valores simbólicos se sustituye por la arbitrariedad.
Y, al centro de esta vorágine, heroico como todo capitán que decide hundirse con su nave, aparece Arturo Ríos, un actor que –como he dicho– reúne los méritos suficientes para ser Macbeth.