Ya he citado aquí la frase de Norman Mailer: “… porque al poco tiempo, el estilo con que trabajas es la forma en que percibes”. Y no es poco tiempo el que separa las dos aproximaciones de Jesusa Rodríguez al Macbeth de William Shakespeare.
De aquel ¿Cómo va la noche, Macbeth?, realizado en un contexto de experimentación y firmado colectivamente por el grupo Atrezzo, a su actual versión de la tragedia han transcurrido los años del cabaret y la militancia política. Y eso se nota en su percepción de la materia dramática shakespeareana.
A diferencia de aquella irregular pero gozosa puesta en escena realizada en el Teatro de la Capilla, que exploraba primordialmente en los terrenos del sueño y su reflejo en la teatralidad, la actual versión (que después de un caótico inicio en el no menos caótico Teatro de la Ciudad, realiza temporada en el Julio Castillo) está permeada por los afanes redencionistas de la defensora de toda causa justa.
Y aquí su desafortunado punto de partida pues, como lo ha demostrado George Steiner, el optimismo que subyace en la denuncia y las luchas sociales es incompatible con la misteriosa fatalidad de la tragedia. En ésta, la catástrofe es irremediable.
“Cuando tiene vigencia una concepción trágica de la vida no se puede acudir a remedios seculares o materiales. El destino de un rey Lear no se resuelve estableciendo hogares adecuados para ancianos”, escribió Steiner en 1960, condenando al fracaso la magnífica traducción y pésima adaptación del Rey Lear que Jesusa y Luz Aurora Pimentel llevarían al cabo más de 30 años después.
Una vez más, en
Macbeth, la mancuerna ha acertado al verter el texto original en un español rotundo, pleno de violenta sonoridad o humor descarnado, rescatando la extraordinaria gama tonal que caracteriza al poeta inglés, y ha fracasado al anclar su mirada en la realidad inmediata y, para colmo, sujetarla a un esquematismo políticamente correcto: el mal anida entre los ricos mientras que la sabiduría está del lado de los pobres quienes, a través de conjuros en náhuatl, rigen sus torpes destinos.