Para Franco, boquiabierto espectador de este tinglado
El teatro, está claro, no palpita tan sólo en las obras que en él se producen; aunque la crítica tienda a fijar en ellas su excluyente mirada. El teatro, como todo hecho artístico, suele vibrar con mayor ahínco en los procesos de trabajo y en los seres que lo habitan.
Guiado seguramente por la propia nostalgia de un proyecto artístico que la medianía provinciana (amén de los errores personales) no supo cobijar, me conmuevo profundamente frente a la figura quijotesca de Leonardo Kosta.
Hará unos 25 años que este titiritero sudamericano entró, con la única compañía de sus bártulos, en la muy noble y leal ciudad de Santiago de Querétaro y, durante un corto pero intenso periodo, sentó ahí sus reales.
Director de escena acostumbrado a los rigores de la independencia, a la que nunca estuvo dispuesto a renunciar merced a sus convicciones políticas, Kosta fue capaz de crear un espectáculo con la cáscara de una naranja.
Su irrupción en el desierto imaginativo del teatro queretano, fue un aire tan fresco como el que produjo el paso por aquellas tierras “calánimes” de otro personaje de aspecto quijotesco: Hugo Gutiérrez Vega, y marcó para siempre a gente como Manuel Naredo, teatrero que hoy es responsable de la principal institución de cultura del Estado.
En estrecho contacto con un excepcional funcionario universitario de sensibilidad y mirada amplia, Leonardo Kosta fundó, en 1981, la revista
Repertorio, que sería a la postre nuestro vaso comunicante.