La extraordinaria realización de El lado oculto de la luna, de Robert Lepage –decíamos–, se sustenta en una mixtura genérica muy acorde a los temas y situaciones de que da cuenta.
Como el nombre de su compañía (Ex Machina) lo indica, en sus espectáculos permanece un sustrato teatral que justifica el sentido representacional; pero en ellos hay también una fascinación por los lenguajes posibles gracias a la tecnología contemporánea, como si sólo a través de ellos pudiera construirse una expresión artística acorde a los hábitos de la vida “desarrollada”.
Los ilimitados recursos desplegados por Lepage van desde la utilización del filme documental (en este caso las aventuras y logros de los cosmonautas soviéticos), a la manera propuesta hace casi un siglo por Erwin Piscator, o su interacción con la tridimensionalidad del cuerpo del actor, pasando por un ambiente sonoro que acentúa intimidad, atmósferas, referencias temporales (como el “gis” de las transmisiones televisivas que a los miembros de mi generación remiten a la infancia), hasta el empleo de la robótica y un diseño espacial que se multiplica con impecable precisión para crear todos los espacios requeridos por el relato.
Con un ritmo de pausada fluidez, el desarrollo de este género, mitad teatro mitad cine, consigue una serenidad de claro tinte oriental (característica recurrente del director) donde se entrecruzan las variaciones de sus diversos motivos (como el pez, herencia de la madre recién fallecida, símbolo de continuidad y metáfora de nuestro encierro en un planeta que, ante la inmensidad del universo, no es sino una pecera).
Como si las soluciones escénicas estuvieran de acuerdo con las dos dimensiones extremas de la historia (la soledad cósmica y la pequeña vida cotidiana), éstas se sustentan en la alta tecnología o en la sencillez de la convención teatral que convierte unos botes de refresco y un lápiz en un memorable cohete espacial.