No existe palabra más adecuada para intentar dar cuenta de Le costume, el espectáculo de Peter Brook que convocó durante el XVIII FCH a un público ávido de confrontar al gran maestro de la escena, que “transparencia”.
De hecho, es ésta la palabra que el propio director utiliza en su autobiografía (Threads of time) para describir la aspiración de un teatro cultivado pacientemente durante más de treinta años, desde que abandonó Inglaterra y se estableció con un grupo internacional en la capital francesa.
No importa cuál sea el grado de complejidad de la materia dramática (del Hamlet* de Shakespeare a El traje de Can Themba, pasando por los casos de disfuncionamiento cerebral descritos por Oliver Sacks en El hombre que…), el objetivo de Brook consiste en revelar a plenitud su dimensión humana, haciéndola legible a cualquier miembro del género.
Así, la entrañable sencillez de El traje, una anécdota mínima en torno al tema más trillado del teatro: el adulterio, resulta suficiente para urdir un espléndido atavío hecho de transparencia que viene a confirmar el aserto brookiano de que lo que importa no es el punto de partida “sino la calidad de la experiencia obtenida”.
Acorde a la sencillez de la historia, en que Filemón obliga a Matilda a vivir con el traje que dejó su amante al ser sorprendido en la maroma, la puesta en escena de Peter Brook se reduce a unos cuantos elementos y a las convenciones más elementales, como mimar los objetos inexistentes y las acciones.
Como es característico en él, la presencia del misterio no estriba jamás en un artificio espectacular, sino en la potencialidad sugestiva del espectáculo. Y ésta se sustenta en la alucinante organicidad y fluidez actoral que es capaz de convertir una partida de naipes, hecha con gestos y chasquidos, en una auténtica joya del “teatro tosco”.