Resulta difícil –como al parecer me ha sucedido– rehuir el debate ideológico cuando se enfrenta la obra del poeta alemán, Bertolt Brecht. Sin embargo, he defendido en otras ocasiones la dimensión poética de sus obras y la tosca vitalidad de sus puestas en escena como su gran herencia para el lenguaje del teatro.
Ni una ni otra están ausentes en la escenificación de Santa Juana de los mataderos que realiza una exitosa temporada en el Teatro Julio Castillo.
Lejos de toda teoría, la práctica de Brecht mostró siempre el instinto feroz de un animal de teatro que deja a un lado toda consideración teórica, para verificar sobre la escena el vigor y la contundencia de su discurso.
A pesar de sus propias declaraciones (citadas ahora en el programa de mano), la dramaturgia de Brecht puede ser –y es– considerada hoy día como la última posibilidad del drama aristotélico, es decir, aquel que contiene su propio proyecto de representación.
Animal de teatro como el que más, el director Luis de Tavira aflora a plenitud en su puesta en escena. Así, la versión escénica de Santa Juana… llevada a cabo por Tavira, Amand & Cía. resulta, en mi opinión, la última posibilidad del ilusionismo.
De hecho, aquí, como en Felipe Ángeles,el marco del teatro a la italiana (que Brecht tampoco pudo romper y que Tavira y Philippe Amand, juntos o separados, buscan en todo tipo de espacio escénico*) se reafirma con la presencia de un gran marco pictórico.
Mientras la estética brechtiana enfatizaba el contraste entre los elementos reales y ficticios de la escena como un guiño de ojo a la perspicacia del espectador, las citas que el escenógrafo Amand hace aquí sobre el constructivismo no tienden a revelar los mecanismos teatrales ni la materialidad de los objetos otrora degradados, sino a reconsiderar su dimensión “pictórica”, a reconvertirlos en ilusión reduciéndolos a términos del diseño y la línea, a una reestetización.