Consciente de que “no hay nada más antibrechtiano que la ortodoxia”, Luis de Tavira ha emprendido, junto con Eduardo Weiss, Stefanie Weiss y Antonio Zúñiga, su propia adecuación de la parábola dramática de Bertolt Brecht, de la que se aleja paulatinamente hacia la segunda parte de la obra, introduciendo el necesario debate en términos de nuestra contemporaneidad.
Inscrito innegablemente en la tradición artística del barroco, Tavira, el gran conceptualizador de nuestro teatro, suele en su práctica –como en su discurso teórico– envolver en un complejo dispositivo escénico, algunas ideas simples.
En su versión libre de Santa Juana de los mataderos, que pone en juego interrogaciones tan relevantes e intercala citas que van desde Goethe y (seguramente) Nietzche, hasta la frase de Marx (“todo lo sólido se desvanece en el aire”) que da título a la aguda reflexión sobre la modernidad de Marshall Berman, irrita de pronto la idea de identificar a las grandes empresas transnacionales con la cadena de comida rápida McDonald’s (*) o las alusiones, con la cara vuelta directamente al espectador, a una guerra provocada para reactivar la economía.
Copartícipe convencido del carácter utópico del teatro brechtiano, y del teatro en general, el director y adaptador insiste en su versión en la crítica de los complejos mecanismos que sostienen al capital y su camaleónica capacidad de adaptación, y, fiel reflejo de la desorientación de aquellos que se oponen al ciego triunfalismo del mercado, deja pasar de largo la crítica a las soluciones simples del socialismo, propuestas por Brecht, y que resultan, a la luz de los acontecimientos históricos, tan poco vigentes como su fe en los logros del hombre de la era científica vistos a la luz de la destrucción ecológica que conllevan.