Al trazar, en la entrega anterior, la genealogía de las mujeres directoras de escena, no imaginé que habría de añadir esta misma semana a María Morett, autora, directora y motor del grupo Me xihc co Teatro que conocíamos por su trabajo al abierto (Proceso 1202) presentado durante la Muestra Nacional de Teatro 1999.
Tal parece que las restricciones espaciales le sientan bien a esta tenaz hacedora de teatro que ha logrado con Mujeres en el encierro un resultado mucho más atractivo que el extraño Quijote neomexicanista que comentamos en aquella ocasión y que dirigía Álvaro Hegewisch, ahora responsable de la escenografía.
A decir verdad, la diferencia no parece ser tanto el espacio abierto o cerrado, sino la cercanía de la autora-directora con el material de su drama; a saber, las vicisitudes de mujeres encarceladas que conoció como maestra de teatro en algunos centros penitenciarios.
La fuerza de tal vivencia es evidente desde la primera imagen de Mujeres en el encierro, donde cinco o seis actrices transmutan sus cuerpos, más o menos desnudos, en los de sendas criaturas mitológicas, mientras el Cronos de Goya devora a uno de sus hijos.
A partir de esa primera relación metafórica entre el encierro real y los laberintos creados por la imaginación poética, Morett teje un relato de historias personales, situaciones compartidas y formas de sublimar tan dolorosa experiencia.
Al ejercer como “directurga”, las imágenes alegóricas (la única fuga posible) se entremezclan con diálogos y escenas de un crudo realismo donde, a pesar de los pesares, predominan los rasgos de humanidad: el lazo amoroso, la solidaridad entre las internas, la convivencia –en el mejor sentido del vocablo– con las custodias.