Concluimos. En palabras del propio Germán Castillo, “la primera mitad de la novela Pedro Páramo de Juan Rulfo se me reveló de pronto como un guión escénico extraordinariamente contemporáneo…”
Su adaptación, que convoca a un amplio público al Teatro El Galeón, viene pues a sumarse al interés que desde hace ya varios años, los hombres teátricos experimentan por ubicar sus relatos en los linderos que otrora separaron los géneros literarios.
De las adaptaciones de Luis Mario Moncada y Martín Acosta a Las metamorfosis de Ovidio escenificadas por un equipo al cargo de José Caballero o el Frankenstein de Juliana Faesler, los directores de escena parecen denunciar un agotamiento de la dramaturgia habitual o transgredir las leyes tradicionales de la dramática (que “debe ser activa y actual y no pasada ni rememorada”, diría el ya citado don Rodolfo Usigli), en busca de la independencia narrativa de una puesta en escena liberada del imperativo de la acción.
Así, lejos de reproducir una imposible Comala, el escenógrafo Castillo dispone un atractivo espacio pasarela por donde deambulan las figuras rulfianas, expelidas o devoradas por una doble boca, que, cual fauces del infierno, contribuye con su vaho canicular al sofocante clima del relato.
El camino que “sube o baja según…” corre aquí paralelo y en él se mezclan los restos de osamentas y guijarros, como una materialización (quizás demasiado clara, pero clara al fin) de los planos temporales de la novela.
A pesar del cuidado por la imagen, que se complementa con una sutil musicalización, un discurso lumínico hecho de hilos apenas o de sombras y con un juego de convenciones abiertas (rasgo estilístico desde aquella entrañable
Escuela de las mujeres), el director sabe muy bien que ésta jamás podrá competir, en amplitud sugestiva y en abundancia, con la palabra. De ahí su aventura por la narración.