Y en la mayoría de los casos –también inevitablemente–, estas visiones terminan por revelar la distancia recorrida, los amplísimos matices de la realidad contemporánea, el divorcio entre aquellas formas asociadas al origen y los modos actuales de la escena y el temperamento de sus intérpretes.
Como me dijo alguna vez Germán Castillo, responsable de la más reciente adaptación de Pedro Páramo (que bajo el título de Murmullos se presenta en el Teatro El Galeón), refiriéndose a otra obra de orígenes: “aquí los actores salen sobrando, a estas figuras fantasmales les estorba el bulto”.
Experimentado hombre de teatro y buen aficionado a las letras, el primer acierto de Germán Castillo es situar su versión rulfiana fuera de esta obsoleta discusión y plantearla, a cambio, en los vigentes términos del tránsito entre lo narrativo y lo dramático, entre la emocionalización del teatro y el carácter descriptivo de la novela.
Así, estos Murmullos avanzan sobre los filosos pasos que separan el terreno explícito del escenario del vaporoso paisaje de la palabra, revelan el carácter inmaterial de los conflictos, o se adentran en la prodigiosa confluencia del estallido poético que el director ha explorado, una y otra vez, en diversas situaciones escénicas (de Las musas si existen y son muy cachondas, a partir de poetas de La Espiga Amotinada, hasta su anterior puesta en escena sobre las Palabras de Xavier Villaurrutia).
Director, escenógrafo e iluminador, Castillo despliega su idea a través de un eficaz dispositivo escénico (del que nos ocuparemos en la próxima entrega) que, no obstante la clara liga sensible con su hacedor y su innegable atractivo, carece del aliento necesario para insuflar vida plena a sus desvanecentes figuraciones. Entreacto.