Tomo prestado el título de una famosa “carta abierta” que Peter Brook dirigió a William Shakespeare, para responder a las preguntas que plantea Como te guste, la actual versión de As you like it que hace de El Granero su bosque de Arden.
En aquella carta el joven Brook reconocía que, en contra de la opinión generalizada de los críticos de la época, esta comedia no era precisamente la forma en que el bardo de Stratford-upon-Avon le gustaba.
Pero el gusto personal importa poco, así sea el del gran director, quien años más tarde reconocía que la confirmación de una afinidad personal es un punto de partida limitante, para un grupo de creadores, en comparación con la posibilidad de descubrir algo insospechado (y compartirlo con el espectador) al trabajar sobre una obra.
Estoy seguro que los miembros actuales del Teatro del Farfullero (un bello nombre en trastabillante busca de identidad artística) han descubierto muchos algo en este apenas fragmento del universo shakespeareano, y los comparten con un público que lo celebra. Y eso me gusta.
El novel elenco, en transición entre la escolaridad y el profesionalismo (me temo que la mayor parte de nuestro teatro se mantiene en esa etapa), viene a confirmar una vieja consigna del mundo de las tablas: no hay mejor escuela que el repertorio.
Pero al mismo tiempo, estos jóvenes comandados por Mauricio García Lozano me han ayudado a entender como no me gusta que sean tratados los textos clásicos: siguiendo el estilo (peligro mortal, señalado por el mismo Brook) que en México fijó el entonces vital Teatro Universitario.
Seguramente, el mayor descubrimiento de los farfullantes actores tiene que ver con el sentido del juego presente en una obra que, como bien señala Alfredo Michel, gusta de “desnudar con el encubrimiento”.
Mas al multiplicar el juego a través del cambio permanente de roles, la puesta en escena impide identificación alguna entre actores y personajes, y así, los cuestionamientos que Shakespeare siembra sobre la verdad absoluta de las diversas identidades (sexuales, en este caso particular) se transforma, peligrosamente, en un relativismo cómplice de la irresponsable vacuidad posmoderna.