En el principio fue la oscuridad; y en ella, la palabra.
Al hacerse la luz, el Teatro de Santa Catarina revela una prometedora sorpresa: su hexágono irregular ha sido aprovechado como pocas veces y transformado en una elegante sala y biblioteca.
Una discreta koken (un auxiliar de escena del teatro clásico japonés cuya presencia, en la convención, es ignorada por el público) dispone el escenario acompañada por una música sutil y fija la atención de los espectadores.
El mecanismo está en marcha. Dos actores de peso, Miguel Flores y Fernando Becerril, establecen con calma aparente los términos de la relación. Ismael leerá, sin interferir con su interpretación, a la invidente Lorena.
La promesa inicial se materializa en la sobriedad de ambos actores, en la indescifrable pero evidente tensión del diálogo. Y un momento luminoso sobreviene: en el largo oscuro, que inquieta al espectador y lo remite a las tinieblas del personaje, se escucha la voz del lector que da sonora claridad a un fragmento de El Cuarteto de Alejandría.
A partir de entonces, la situación avanza entre la tersa vitalidad de la lectura y el diálogo entrecortado que refleja la incapacidad cotidiana de la escucha. Una bella y certera paradoja sale a flote, el auténtico flujo de la vida queda mejor atrapado en el artificio de la literatura.
Conforme Lorena descifra, en la supuesta transparencia del lector, su oscuro pasado, el espectador comienza a presentir el estancamiento. En realidad, no se requiere estar ciego; el teatro –está claro– se percibe con el oído.
Los tres actores engañan a la vista y, como lo afirma el personaje sutilmente caracterizado por Emma Dib, “cada vez mienten mejor”. Pero la tensión inicial ha desaparecido y la calma exterior, las construcciones físicas, revelan ahora la ausencia de vibraciones sensibles.