La falta de directrices estéticas del teatro mexicano actual, señalada por Ximena Escalante, encuentra una correspondencia obvia con la ausencia de referencias teóricas que apuntó, en su oportunidad, Olga Harmony.
Una vez más, quizás no se trata de ausencias definitivas, sino de la impresión causada por su escasa y dispersa presencia. Por ello, hay que dar la bienvenida a Paso de gato, una nueva revista que, si logra sobrevivir a los embates de una economía en crisis y desprenderse del aire oficialista de su número piloto, podría convertirse en el espacio urgente de discusión del arte escénico nacional; espacio que no han podido ocupar, por falta de continuidad o difusión, publicaciones como Espacio Escénico o Documenta CITRU.
En ella podrían discutirse las características de la actividad escénica actual, tales como el triunfo de la teatralidad –también apuntado por Harmony– que puso punto final al divorcio dramaturgia dirección y a la corriente dominante, desde los años cincuenta, de la escritura teatral (la frase pertenece a Luz Emilia Aguilar Zinser) entendida como “rebanada de una realidad estereotipada”.
Desde luego, éste es uno más de los triunfos del teatro universitario de los años sesenta y setenta; mismo que encierra un nuevo peligro: la sustitución de las convenciones autoconscientes y del ludismo como acrobacia intelectual o método desmitificador, por la actual actitud evasiva del juego por el juego.
De hecho, es ésta una de las características más significativas de la nueva generación, proveniente de ámbitos disímbolos, en la cual forjó su esperanza, de cara al agotamiento de las últimas dos décadas del siglo XX, el teatro oficial.
Sin embargo, la mezcla de escuelas y propósitos, de equipos de trabajo, la imposibilidad de asociar a estos hacedores con espacios específicos, la falta de jerarquizaciones y confrontación generacional, dieron como resultado la promiscuidad en que el teatro se lleva a cabo hoy día y que justifica plenamente la desorientación del espectador.