Al realizar, hace algunas semanas, el balance de la Muestra Nacional de Teatro, ofrecí comentar algunas de las reflexiones que el encuentro estimuló entre sus participantes.
Como plato fuerte de las actividades paralelas a la Muestra, tuvimos oportunidad de convocar a un ciclo de sesiones analíticas sobre las tendencias y perspectivas de la creación teatral al comenzar el siglo XXI; ejercicio que permitió ubicar el estado de nuestro quehacer en el panorama del teatro mundial.
El noble ejercicio de pensar el teatro fue presidido por uno de sus máximos exponentes, Georges Banu, crítico e investigador que forma parte de la pléyade de intelectuales rumanos avecindados en París.
Presidente de la Asociación Internacional de Críticos de Teatro desde 1994 hasta junio de este año, Banu es profesor universitario, uno de los más originales editores de teoría teatral en el mundo, creador y (en estos días) sepulturero de la Académie Expérimentale des Théâtres (“es mejor morir de infarto, que de esclerosis”, me confió en Guadalajara), una brillante iniciativa de diálogo entre los más grandes artistas teatrales del planeta y los pensadores fascinados por el conocimiento que el arte de la escena engloba.
Invitado para trazar un panorama de la creación contemporánea, el también director de la revista belga Alternatives Théâtrales comenzó por recordar la imposibilidad de definir al arte del siglo XX a través de una forma específica. En todo caso, insistió, es la alternancia permanente de las formas lo que confirió la singularidad de su carácter.
Asimismo, Banu recordó el fracaso al que están condenadas todas las predicciones en materia histórica o artística y propuso, a cambio, esclarecer lo que llamó “polos de tensión” en que se desarrolla la creación teatral al iniciar el siglo XXI; lo cual permitiría entrever los posibles derroteros de ésta en los años por venir.