A riesgo de cometer un sacrilegio, que hace público lo que pertenece a un ámbito de intimidad, los hacedores de teatro se enfrentan permanentemente a las tentaciones de escenificar poesía.
Lejos de aquellos textos escritos con la finalidad originaria de reunir el arte de decir con el no menos complejo arte de escuchar, el desacato implica vulnerar la relación directa del lector con el poema, de establecer un innecesario intermediario entre el imaginario del autor y la sensibilidad de quien en él abreva.
Y, sin embargo, dichas tentaciones continúan atrayendo a los hombres de fe con una doble promesa: convertir en carne el universo específico del verbo y devolver al tablado su maltrecha condición de espacio que invita a levantar el vuelo, a abrir el alma.
El primer espejismo parece seducir a un grupo de creadores coahuilenses que en Retorno de Electra, espectáculo que se verifica los miércoles en la Sala Xavier Villaurrutia de la Unidad del Bosque, rinden homenaje a la obra de Enriqueta Ochoa.
Encadenados por Mariana Lecuona, los poemas de Ochoa conducen al espectador, desde el balbuceo que antecede a la formulación verbal hasta el gran poema místico que da nombre al espectáculo, en un itinerario que subraya las constantes temáticas de su escritura (la muerte) o los acontecimientos significativos en su biografía (el viaje).
Con un cuidado que denota gusto y sensibilidad, la situación y las imágenes escénicas que organiza Rogelio Luévano, oscilan entre la ilustración de ambos aspectos (como los previsibles objetos que acompañan a la única intérprete: valijas, cofre, muñeca y sombrero) y el despojo de las convenciones representativas para crear un marco abstracto de enunciación donde pueda refulgir la imaginería propia del poeta.