Como una de sus primeras señales en cuanto a su política cultural, la resucitada Compañía Nacional de Teatro ha dado inicio al ciclo “Nuestro teatro”, un proyecto que implica llevar a escena obras que refieran o aborden los momentos fundamentales en el desarrollo del teatro nacional.
Su primer producto, Palabras, es una escenificación de Germán Castillo a partir de la poesía de Xavier Villaurrutia y de una conferencia que el poeta dictara en torno a las relaciones del teatro y el cinematógrafo.
Son estas relaciones una obsesión recurrente en la primera mitad del siglo pasado, como se expresa también en el magnífico ensayo que Antonio Magaña Esquivel dedicara al “hijo bastardo” identificado desde entonces, en la visceral opinión de los teatreros y hasta su destitución por la pantalla doméstica, como el gran enemigo de la escena.
En realidad, el cine desposeyó a los escenarios de sus funciones informativa y de entretenimiento masivo, permitiéndole ser tan sólo un arte. Y con este cambio de función social, apareció el concepto y la necesidad de un teatro experimental, a cuyos primeros movimientos contribuyó ampliamente Xavier Villaurrutia.
De ninguna manera podríamos decir que ese teatro, realizado siempre en la oscuridad de las catacumbas, haya fracasado. Sin él sería imposible entender el desarrollo artístico, la estética del teatro nacional. Pero lo que sí es evidente es que, contra todos los augurios de los Contemporáneos, de Usigli, y de tantos otros renovadores de la escena, el teatro propositivo, vital, aquel que pulsa y ha pulsado al ritmo de su tiempo, no ha podido establecer nunca una interlocución abierta con el espectador mexicano.
No sé a quién habría que culpar por este desencuentro, a los propios hacedores o a un público desinformado y reaccionario cuya ausencia definitiva me impidió atestiguar el “homenaje a Xavier Villaurrutia” que se representa significativamente en el Teatro La Capilla. Con toda seguridad, a ambos.