Uno de los pocos teatros nacionales que no sucumbió al derrumbe del socialismo y el reajuste de las relaciones entre el teatro y las sociedades de la Europa Oriental, fue el teatro lituano.
Por el contrario, la caída del muro significó para sus creadores la entrada definitiva en el mercado occidental de bienes culturales y su presencia continua en sus grandes vitrinas: los festivales del mundo.
Con el célebre Eimuntas Nekrosiuss a la cabeza (Proceso 1211), las compañías lituanas (Jaunimo Teatras, Meno Fortas y Oskaras Korsunovas Teatras, por ejemplo) recorren el planeta afirmando una de las identidades artísticas más singulares y atractivas del momento.
Por ello, la presentación del Teatro Nacional de Lituania (en realidad una combinación de artistas de éste y el Pequeño Teatro Estatal de Vilnius) era el plato más atractivo, en materia teatral, de un Festival Cervantino cuyas premuras se manifiestan en un lamentable programa de mano que cita obras como Under Vanya (por Tío Vania) y “obras lituanas como The (sic) Galileo de Berthold Brecht”.
Pese a todo, el Ricardo III dirigido por Rimas Tuminas (cuyo antecedente obvio es la extraordinaria puesta en escena de Robert Sturua con el Teatro Rustaveli de Georgia, que el propio FIC presentó en 1982) resultó una muestra muy atractiva de un teatro sustentado en la puesta al día de los clásicos sin recurrir para ello a equivalentes contemporáneos más o menos evidentes, sino a traslaciones poéticas que revelan el significado siempre actual de las obras a la vez que favorecen la permanencia del misterio y, por qué no, de una seductora teatralidad.
En esta versión, la escena gira en torno a un albardón que pende de un andamio y se refleja en una serie de espejos que deforman los múltiples rostros del chacal. Para la coronación de Ricardo, éste se sostiene con un solo pie, apoyado por un bastón que ha arrebatado a la reina madre, sobre la alfombra roja que dos cortesanos arrastran hasta “montar” al nuevo soberano sobre la albarda.