Ambientado pretendidamente en el contexto espectacular del circo, éste se reduce a una elemental referencia del decorado y jamás remite al riesgo, la malicia y el vértigo de la pista. Mientras el circo es arte de la presencia puesta al límite de su integridad, la escenificación de Psalmon parece vivir en la seguridad de la academia y su presencia se limita a unas tímidas incurrencias en citas de actualidad (como la hamburguesa McDonald’s o la referencia a la región del conflicto que hoy día concentra las miradas de la humanidad), a unas opacas interpelaciones a la realidad del público.
Lejos de los códigos populares que Brecht rescató para el teatro culto, la traducción (sin crédito en el programa) fluye sin los rasposos contrastes del original, sin la picardía que pudo otorgar el contexto mexicano. Un circo sin pulgas ni aserrín.
Es claro que el oído del director no se ha familiarizado aún con el habla local y, por tanto, en este circo, los actores quedaron despistados. Tres magníficos actores: Gerardo Trejoluna, Aida López y Enrique Arreola abandonados a la deriva; el primero (y ya se sabe que Brecht nunca emprendió una gran obra sin un gran protagonista) en una limitada caracterización que contradice la complejidad del personaje, misma que el director se ve obligado a sostener en el programa de mano.
El resto del elenco, nos dice Psalmon, debe echar mano de la estética del clown, que tan inspiradora fuera para el Brecht director. Una vez más, ésta se reduce al uso de unas narices postizas y nunca se realiza en la fragilidad, la vulnerabilidad de un ser propicio a todas las violencias.
Por ello,
Un hombre es un hombre transita, con el paso pesado de un elefante, en la ausencia definitiva de atmósferas que establezcan el contraste entre el fantasioso encanto del circo y la brutalidad subyacente de la guerra, entre la fábula primitiva y la epopeya contemporánea en que oscilan las grandes obras del poeta Bertolt Brecht.