Arte de los maestros, la improvisación es la prueba contundente de la vitalidad de un acontecimiento escénico, así como de un platillo.
Bastan una palabra, un lugar, un personaje, incluso una letra, para que el cómico –especialmente él– establezca una convención y una complicidad con su espectador.
Claro está que nadie improvisa con éxito sin un sólido entrenamiento y un colmillo que le cuelgue.
Desde hace ya varios años, Alberto Lomnitz se especializa en esta forma de juego muy cercana a la inmediatez del cabaret y sustentada, ante todo, en la agilidad mental de sus intérpretes; éstos las pescan todas al vuelo.
Encontróse pues Lomnitz con la Liga Mexicana de Improvisación y juráronse hacer algo juntos.
Finalmente, montaron un restaurante.
Gourmettes todos ellos, crearon una carta que permite al comensal escoger el platillo de su gusto y esconde, al tiempo, los íntimos secretos del oficio.
Hábiles con el estilete, serviciales y llenos de encanto, los meseros-cocineros, preparan ahí, sazonan, ante los ojos atónitos del hambriento, un platillo único e irrepetible.
Incluso la música y la luz, que ambientan el local, se improvisan de acuerdo al humor y las circunstancias.
Juntos, trabajadores (que varían como el menú de noche a noche) y clientes crean una velada de delicias.
Kant, famoso filósofo alemán, habría escrito
La crítica de la risa pura y habría señalado, sin duda, su clara función digestiva.
Legiones de seguidores amenazarán ahora con abrir negocios semejantes.