Nos hemos referido ya (Proceso 1294) al ciclo Opera Alterna, promovido por el Centro Cultural Helénico. Y, justamente, una de las alternativas al imperante sistema de producción de la ópera es la posibilidad de realizar temporadas que rebasen las 4 ó 5 funciones a que están limitados, por razones de costo, los formatos convencionales.
Por desgracia, no ha sido el caso de La Serva Padrona, de Pergolesi, cuya puesta en escena a cargo de Luz María Meza, completó este ciclo y ha llegado a su fin. En contraparte, Silvana, drama musical de Isaac Bañuelos y Saúl Villa, puesto en escena por Iona Weissberg, terminará su primera temporada en La capilla del Helénico e iniciará una segunda en el Foro de las Artes del CNA.
A diferencia de La Serva Padrona, cuya alteridad estribaría principalmente en el cambio de los sistemas de producción (que conllevan desde luego un cambio estético), Silvana, como La muerte y el hablador, implica a la par de su realización escénica una apuesta por la renovación del repertorio lírico. Y como tal se agradece el amplio riesgo que afronta.
Es curioso, sin embargo, atestiguar cómo las convenciones operáticas se cuelan hasta la médula y resisten los más heroicos esfuerzos por demolerlas. Si el teatro es por naturaleza un arte conservador ("el conservatorio de las formas del pasado", diría el desaparecido director francés, Antoine Vitez), la ópera se aferra como ninguna otra manifestación artística a su origen restaurador.
La cuestión esencial en todos los intentos renovadores de este arte es, y ha sido, discernir entre los valores de su verdadera tradición y las poderosas y populares desviaciones que sufrió a lo largo de los siglos XVIII y XIX.
Silvana, libreto de Saúl Villa basado en el
Diálogo del amor y un viejo, de Rodrigo Cota, se presta entonces como un ejercicio ideal para distinguir entre éstos y encontrar su viabilidad contemporánea.