¡A la jeta! Seco y sin miramientos se expresa alguien a los 23 años; como lo hace otra veinteañera quien propone traducir así, “a la jeta”, el título de la generación inglesa (in-yer-face) a la que nos hemos referido a propósito de la obra El censor (Proceso 1217).
A diferencia de aquel texto, donde el autor busca deliberadamente el rostro del adversario, las obras de Sarah Kane revelan el secreto de las artes marciales: el golpe se lanza en dirección del horizonte, acompañado de un alarido; pendejo el público si se atraviesa.
Proveniente del mundo del cine, Ignacio Ortiz asume como propia la pelea y, en su primera dirección, propina con Devastados un golpe decidido, arriesgado y estimulante sobre las tablas del teatro El Granero.
Habituado a la descripción realista del cinematógrafo, Ortiz construye sin dificultades la aparente realidad que Kane utiliza como engaño para “reventarla” brutalmente (Blasted se traduciría como Reventados si esta palabra no contuviera en nuestro entorno una connotación de frivolidad) en la segunda parte de la obra.
A pesar del cuidado con que lo hace, Ortiz no logra compensar el desequilibrio actoral entre sus dos intérpretes, Arturo Ríos (protagonista también de El censor) y Ana Graham, cuyos defectos evidentes en otras obras no desentonan aquí con su personaje y a quien debe agradecerse la asunción de un riesgo personal y el de la empresa entera.
La plataforma de lanzamiento de la violencia, el reencuentro “amoroso” entre un oficial secreto corroído por el cáncer y una joven limítrofe, no logra así sentar sus bases antes de la sorprendente aparición de un tercer personaje, encarnado por Ari Brickman, que instaura de lleno una perturbadora atmósfera pinteriana donde nadie puede reconocer ya el origen del mal.
Lejos también de la sensibilidad de Arturo Ríos, Brickman se limita a una eficaz caracterización que impide que la idea central, AK 47 responde a pistola y cuerno de chivo convoca a mortero, estalle en el cuerpo vulnerable del espectador.