La referencia brookiana no es en absoluto limitativa, pues la elevación poética de las materias esenciales, la sensualidad de los elementos naturales, como el agua, el fuego y la arena, son también una constante en el lenguaje del director mexicano que había explorado con gran éxito las características del “teatro tosco” en su propia versión de Volpone.
Sin embargo, y a pesar del cuidado y la gran energía del director, la rica mezcla de texturas del original se pierde poco a poco en las desigualdades de un elenco que confirma la abrumadora mayoría de aspirantes femeninas al oficio central del teatro y su no menos abrumadora superioridad interpretativa.
Sin intérpretes masculinos maduros, la labor demiúrgica de Próspero y su palabra poética se esfuman con el viento, donde ronda como único elemento mágico la lograda codificación corporal de un Ariel orgánicamente femenino.
El obligado travestismo limita en cambio el juego de pasiones (con excepción de la hermosa imagen de Miranda que se hunde en el estanque de su deseo) e inclina a Calibán a un registro cómico que predomina abusivamente a partir de la mitad de la obra y que se entiende, claro, como un intento desesperado del director por evitar el naufragio.
Desde luego, esta “tosquedad” satisface al público popular que abarrota la pequeña sala, pero sacrifica tanto la complejidad de la obra que las célebres reflexiones finales de Próspero pasan ya totalmente desapercibidas.
En la doble función de la experiencia, sin embargo, hay que celebrar su dimensión pedagógica: más vale un Shakespeare malogrado que un espectáculo cuyo éxito se sustenta en el ocultamiento, o peor aún, en la supresión definitiva de los jóvenes actores. Que los hay. En realidad, no es poca cosa sucumbir después de haber dado una generosa batalla contra semejantes tempestades.