Una parte sustantiva de nuestra cartelera corresponde a las prácticas artísticas que coronan los procesos de enseñanza profesional del teatro y, en particular, del oficio del actor. La tradición de rematar la formación escolar con una puesta en escena, que funciona como “presentación en sociedad” de las nuevas generaciones de hombres y mujeres de teatro, se ha multiplicado a la par de las opciones formativas.
Como consecuencia de la diseminación del “teatro universitario” de los setentas y primeros años ochenta, el semillero de actores más importante de aquel entonces, han proliferado en México las escuelas privadas de actuación.
La certeza o el prestigio de la práctica escénica como base indispensable para la actuación en otros medios (que han generado a su vez sus propias escuelas), junto con una notable reactivación e influencia de la Escuela de Arte Teatral del INBA (la más antigua de México), han aumentado considerablemente este tipo de propuestas escénicas que reúnen objetivos pedagógicos y profesionales.
Describir desde la crítica este tipo de experiencias presenta dificultades específicas dada la duplicidad de funciones de sus creadores y, sobre todo, la naturaleza mutable de sus participantes.
El gran teórico en la tradición japonesa del teatro noo, Zeami, afirmaba que el hana (la flor) posee diferentes cualidades que corresponden a los cambios que el actor sufre a lo largo de su carrera. El encanto de un niño que representa (Zeami recomienda comenzar el entrenamiento a la edad de siete años) es tal que permite olvidar su falta de habilidad técnica.
La pérdida de la inocencia, descrita también por Von Kleist, corre parejas con la modificación del cuerpo y la voz del adolescente, cuyos procesos mentales sufren a su vez una transformación. El público juzga en ese caso a una presencia adulta que sin embargo carece aún del dominio de su oficio. Se trata en verdad de un periodo difícil, durante el cual el aspirante a actor debe concentrarse profundamente sobre su entrenamiento.
Esta etapa termina cerca de los veinticuatro años, la edad en que los nuevos actores egresan por lo general de las escuelas profesionales de nuestro país. A esa edad, el cuerpo ha terminado de formarse y es capaz de digerir y hacer propios los procesos de aprendizaje. Entonces la actuación puede reunir un cierto dominio técnico con el encanto de quien cree haber descubierto algo que nadie más conoce.