Este temor a aburrir determina también el eclecticismo de las escenificaciones de Edgar Álvarez y Silvia Ortega; y, sin embargo, ambas resultan mucho más propositivas que “el río de la pasión”, cuya unidad deviene su propia atadura.
El contexto elegido por Caballero y Marcela Diosdado, un internado (con sacerdote y monja incluidos que violentan la naturaleza pagana del poema), impide el vuelo de la imaginación. Sus referencias a la realidad ordinaria explicitan un error común en nuestro medio: reducir el mito o la dimensión literaria a la experiencia cotidiana del intérprete en lugar de elevar a éste a la categoría de héroes y dioses, de arquetipos.
Por su parte, “el río de la envidia y la soberbia”, con los mejores momentos actorales gracias a la contundencia de Maribel Montero y la intimidad de Jorge Rubio, oscila entre el viaje de los sentidos y una metaforización de las acciones cotidianas, como cocinar un bistec mientras se narra una batalla. Sin rehusar las situaciones y las ambientaciones realistas, como el laboratorio fotográfico, logra trascenderlas al alterar algunos de sus elementos: las fotografías penden del hilo con mutilaciones en ojos y bocas.
Pero quien de verdad logra reventar el realismo y transportar al espectador en “el río del sueño” es Silvia Ortega. Con un buen trabajo inicial de su guía, Silvia establece un rito de paso, a través de la puerta de un ropero, que rompe de tajo la lógica ordinaria.
Entonces las acciones de una pareja alrededor de la cama se convierten en un discurso paralelo a la estilizada narración de “el rapto de Europa”. Entonces el espectador está dispuesto a participar en una genial sesión de té (ilustrada en la fotografía de la anterior entrega) donde Margarita Wynne, Carolina Valsagna y Andrés Weiss, lo catapultan a una dimensión extraordinaria, equivalente contemporáneo del mundo mitológico.
Las posibles imperfecciones de este trabajo conjunto no le restan interés. Por el contrario, son síntomas inequívocos de su carácter experimental. Junto a la revitalizadora irrupción de
El veneno que duerme y la impecable sensibilidad de
Divino Pastor Góngora, son signos alentadores de
las metamorfosis de nuestro teatro.