Al revisar recientemente el magnífico video promocional que Eugenio Cobo realizara hace algunos años para el CITRU/INBA, Danzón dedicado al teatro mexicano, tuve una extraña sensación. El agrupamiento temático de las imágenes y el ritmo de la edición nos enfrentan con un teatro atractivo y vital. Los grandes momentos existen –concluí–, pero se diluyen en un mare magnum de actividad y esfuerzos dispares.
Desde luego, la idílica identidad que se construye a través de la pantalla no corresponde necesariamente con la sensación de quienes habitamos cotidianamente los escenarios nacionales, de quienes estamos seguros de vivir en el limbo. He aquí la presencia del misterio.
Y he aquí el motivo central del exquisito juguete escénico de Paul Auster, El gordo y el flaco van al cielo, que se representa todos los jueves en La Gruta del Centro Cultural Helénico; el mismo espacio donde hace algún tiempo se representó una fallida traslación de sus materiales narrativos.
Sujetos a un cielo de tecnicolor y sin más herramientas que 18 bloques de madera, que constituyen la sencilla y eficiente escenografía de Juliana Faesler, los míticos personajes del cine mudo: Laurel y Hardy, el Gordo y el Flaco, se aferran a sí mismos –como tantos otros personajes de Auster– tratando de descifrar la naturaleza y las reglas de un sitio donde han caído por azar.
Atrapados en una estructura beckettiana de abandono existencial, la inaprehensible condición del mundo que amenaza su pervivencia se potencializa dada la identidad ilusoria de las propias criaturas, producto por excelencia de la singular mitología norteamericana.
Arrojados al angustioso y estimulante limbo de un escenario desnudo, Mario Oliver y Emilio Ebergenyi luchan a su vez por descubrir la cualidad de ser de sus blanquinegras figuras. Dueño ya de un oficio y una intuición que le permite sobrevivir a la adversidad, Mario construye un Flaco rico en contrastes: torpezas cómicas y audacia sensible, fiel caracterización y singularidad interpretativa.