“Hacer una buena puesta en escena con un gran texto y un buen elenco, ¿qué mérito tiene?” Me preguntó en alguna ocasión un director de escena, comparándolo con el desafío profesional de levantar un espectáculo atractivo a partir de un mal texto y un elenco deficiente.
Amén de la ironía, el primer caso pudo haber sido el del exitoso Talk Show que Mauricio García Lozano escenificara con brillo a partir del texto de Jaime Chabaud y con un magnífico elenco. Su siguiente trabajo promete lo mismo, un texto reciente de Harold Pinter y dos actores de larga trayectoria sobre las tablas.
Al entrar a La Gruta del Helénico, la primera imagen confirma el atractivo: el dispositivo escénico de Carlos Trejo presenta una elegante plataforma que flota sobre un mar de zapatos abandonados. La pulcritud del espacio, que contiene un único sillón y un pequeño bar, estalla en un cuadro central de aire expresionista que reproduce una violenta bacanal. Sobre el espacio habitan ya, inmersos en sí mismos, los dos personajes.
A pesar del convencional inicio con música, Carmen Delgado, dueña de una pausada intensidad, presenta de golpe a una mujer abstraída en su emoción, su mente se fuga y nos arrastra hacia un incierto futuro.
El personaje masculino entra en acción; mas no se puede decir que cobre vida. Las rígidas actitudes corporales de Arturo Beristain, sus gestos y tareas permanecen marcados, inorgánicos, falsamente significativos: revuelve el whisky con el dedo y lo frota por la orilla del vaso, ilustrando la pausa reflexiva.
La inautenticidad se contagia y gana terreno palmo a palmo; la elegancia, la sofisticación que contrasta con la violencia soterrada en el breve y perturbador texto de Pinter, se desvanece y deja su lugar a la pretensión: un hielo del segundo whisky cae al piso y el personaje, supuestamente en su casa, lo patea torpemente hacia el fondo del escenario; la mujer, tendida cual esfinge sobre el sofá, se enreda con los picos de su vestido.