Como habíamos comentado, el Festival des Ameriques de Montreal abrió a tambor batiente con la extraordinaria presentación del francés Théâtre du Soleil y el espectáculo hecho para conmemorar sus 35 años (1999): Tambores sobre el dique.
Dadas las proporciones de esta producción y a fin de recrear el sentido de peregrinaje que implica la visita a la Cartoucherie del bosque de Vincennes, los organizadores debieron adaptar una arena de hockey sobre hielo en las afueras de Montreal.
Como en el célebre teatro parisino, el sentido de festividad asociado a esta agrupación comienza desde la llegada a un espacio anticonvencional donde se vende comida con el mismo origen geográfico de la obra y donde el público disfruta, a prudente distancia, del ritual con el que los actores adoptan sus sofisticadas caracterizaciones.
Como en otras grandes producciones de su directora, Ariane Mnouchkine, la estética del espectáculo proviene de los estilos orientales clásicos; en este caso, el público atestigua la elaborada metamorfosis de los actores en marionetas del japonés Bunraku.
Al trepar al alto graderío, el espectador descubre una inmensa plataforma de madera de metro y medio de alto que remite tanto a un escenario clásico de Teatro Noh (con sus rampas de entrada a ambos costados) como a la presa a la que hace referencia el título.
Junto al escenario se ubica el puesto de la música; una presencia constante a todo lo largo del espectáculo a través de más de cien instrumentos tradicionales o creados ex-profeso e interpretados básicamente por el mismo compositor (Jean-Jacques Lemêtre), al que acompañan tres asistentes.
Perteneciente al ciclo escrito en conjunto con Heléne Cixous (La indiada o la India de nuestros sueños; La historia terrible e inacabada de Norodom Sihanouk, Rey de Camboya; Y de pronto las noches de alerta, acerca del exilio tibetano), esta aventura sobre las inundaciones en China da cuenta, como sus antecesoras, de la pervivencia amenazada de lo popular; en opinión de Alfred Simon, de “la lucha por la legítima existencia”.
La estrecha liga entre la epopeya y la dimensión espiritual de los pueblos descritos por Cixous, y representados a través de la desmesurada estética de Mnouchkine, se potencializa aquí con la presencia del teatro de marionetas como el más entrañable componente de la cultura amenazada y un elemento anecdótico que justifica (a diferencia de otras producciones de Mnouchkine) la elección del Bunraku como su convención narrativa.