Decía el director italiano Giorgio Strehler que una puesta en escena equivale a la escritura de un ensayo crítico sobre una obra determinada, un autor, un tema específico. Pero ese ensayo no está escrito con palabras sino con gestos, desplazamientos en el espacio, transformaciones de la luz, imágenes, inflexiones de la voz y movimientos anímicos, entre muchas otras cosas.
Un ensayo es conocimiento e intuición, y, como lo afirma Gabriel Said, “su ciencia es la del artista que sabe experimentar, combinar, buscar, imaginar, construir, criticar, lo que quiere decir, antes de saberlo”.
¿Podría existir acaso una mejor definición sobre la institución primordial del teatro: los ensayos? Idealmente, el actor se prepara de manera sistemática para descubrir, cada noche, algo que antes no sabía.
Por ello, el tejido del espectáculo y la incandescencia misma de la representación deberían ser un atractivo extraordinario para cualquier hombre de letras, un incentivo para emprender el difícil cambio de lenguajes, el tránsito hacia el género dramático.
No son pocos en nuestro país quienes lo han intentado. Sin tomar en cuenta a los poetas de Contemporáneos o a un Juan José Arreola, que cultivaron no sólo el género sino los oficios del escenario, la lista de aquellos que tocaron tangencialmente la escritura dramática es larga: Rubén Bonifaz Nuño, Fernando Benítez, José Revueltas, Sergio Galindo, Carlos Fuentes y Octavio Paz, Ricardo Garibay, José Agustín, entre muchos otros, podrían formar parte de una antología con otras voces para nuestro teatro.
A esa larga lista hay que añadir el nombre del poeta Vicente Quirarte, cuya obra El fantasma del Hotel Alsace, escrita para conmemorar el centenario de la muerte de Oscar Wilde, continúa representándose con éxito en el Teatro Sor Juana Inés de la Cruz del Centro Cultural Universitario.