El dilema ético de la ciencia, sus implicaciones en la vida de los hombres –está claro–, es el tema por antonomasia en estos momentos. La metamorfosis del conocimiento en un producto de especulación mercantil y la manipulación de la biología (como lo muestra la, por desgracia, muy fallida reinterpretación de Frankenstein de Juliana Faesler) han relegado a un segundo plano las aplicaciones bélicas del saber científico, el tema predilecto en tiempos de la Guerra Fría.
Sin embargo, el conflicto moral permanece ahí, en el núcleo de nuestras preocupaciones, y un nuevo observador lanza sus neutrones para explorarlo. En Copenhague, Michael Frayn intenta dilucidar el nebuloso encuentro que en 1941, en plena Guerra Mundial y con la bomba atómica en proceso de gestación, sostuvieron dos de los grandes físicos del siglo pasado: el danés Niels Bohr y el alemán Werner Heisenberg.
Para comprobar la hipótesis que esbozamos en la entrega anterior, el enorme atractivo de la obra del dramaturgo inglés no reside en un tema tratado ampliamente por el Teatro Documental, sino en la aplicación a su estructura y su lenguaje dramático de los principios establecidos por la ciencia y, en particular, aquélla que echa por tierra el principio de causalidad.
A diferencia de la corriente dramática que al iniciar la segunda mitad del siglo XX intentó borrar los límites entre la historia y su expresión poética sobre un escenario, al introducir a la manera de los naturalistas los documentos reales y limitar al máximo la intervención del dramaturgo, Frayn reconoce las debilidades de esa pretendida objetividad y asume –de manera análoga a las conclusiones de Bohr– los límites “para entendernos a nosotros mismos y el mundo en que vivimos”, la imposibilidad –según la celebérrima teoría de Einstein– de hacer afirmaciones absolutas sobre un acontecimiento determinado sin tomar en cuenta la perspectiva del observador.
Sin violentar los esquemas conversacionales del teatro inglés y saturada de información, pues no renuncia a las debilidades y exigencias del público del West-End, la obra fascina por el carácter inhabitual de su materia, por su vívida (casi didáctica) ejemplificación del desarrollo de la física (será difícil encontrar una definición más nítida del principio de incertidumbre que la ofrecida por este Heisenberg de ficción) y, en sus mejores momentos, por la forma en que entrecruza las variables científicas con el devenir de la conducta de sus personajes: el .01% que distingue a un hombre de otro, según la información proveniente del estudio del genoma humano, produce, como el U-235, poderosísimas reacciones en cadena.