Como otros importantes directores teatrales de los últimos treinta años, Robert “Bob” Wilson ha sido el artífice de una brillante renovación de la escena operística europea (Alcesti de Gluck, Medea de Charpentier, La flauta mágica, Parsifal, y su genial Madame Butterfly, entre muchas otras).
Con mayor facilidad que en el caso de los directores “intérpretes”, la sólida tradición de la ópera resulta el filtro idóneo para absorber las innovaciones estilísticas wilsonianas. Baste pensar en sus colaboraciones con Jessye Norman (Great Day in the Morning) o en el hecho de que él mismo calificó siempre sus trabajos experimentales (The life and times of Joseph Stalin, The life and times of Sigmund Freud, A letter for Queen Victoria y, por supuesto, Einstein on the Beach) como “óperas”.
La gran convención del “teatro cantado” ofrece el marco de evidente artificio que justifica su estética abstraccionista: a cada fragmento de la partitura corresponde un color determinado o un cambio lumínico; y a su estructura musical, la rigurosa articulación del espacio. De manera reforzante con la orquestación de un interludio, en los escenarios diseñados por Bob Wilson la lenta caída de un telón adquiere un profundo valor dramático.
Al liberar al cantante de los condicionamientos escénicos (las acciones que refieren a la experiencia y la percepción ordinarias de la realidad), Wilson suele lograr la independencia y plenitud del discurso musical y revelar las múltiples facetas del personaje a través de una estricta codificación de sus acciones, equivalente a la codificación de la voz, y de desdoblamientos que echan mano de actores o bailarines cuyo manejo coreográfico contrapuntea el discurso sonoro.
El hieratismo de las figuras wilsonianas que se recortan sobre sus magníficos cicloramas, la gran estilización de sus atuendos y sus gestos, encuentran una coherencia absoluta en un universo poblado por seres que se elevan a la categoría de lo extraordinario al transformar el habla en canto.