Así lo entiende el director, José Caballero, quien no tiene pudor al subrayar su liga con la obra y exponer públicamente algunos datos pertenecientes a su privacidad, como el hecho de que su ex-mujer y su hija formen parte del elenco. Y, sin embargo, ni un rasgo de intimidad (la verdadera materia del arte) aparece sobre el escenario.
La limpia pero gélida puesta en escena naufraga en el tono monocorde de todo el elenco (alguien podría explicarme por qué es “especial” la actuación de José Carlos Rodríguez, tan bien o tan mal como el resto del reparto encabezado por Montserrat Ontiveros y Rafael Sánchez Navarro), en su mecánica reproducción de gestos hechos, en su absoluto desapego a la vida de sus criaturas.
Para bien y para mal, en el teatro, la eficacia del discurso autoral depende del actor. Y aquí, nadie parece haber escuchado el apasionado y apasionante elogio de las palabras que el protagonista de la obra esgrime como argumento en la discusión sobre el valor social de la literatura y el arte.
El elenco de Algo de verdad responde, a todas luces, a la imperante concepción de la actoralidad como un oficio sin consecuencias, y la puesta en escena a un sistema de producción que embellece y vuelve inofensiva, para los intérpretes tanto como para “el público”, la más poderosa o corrosiva materia dramática.
Dos son pues las tendencias del nuevo teatro económicamente redituable y culto, o culto y exitoso, la de dar gato por liebre con obras menores ocultas bajo la piel de una temática seria, y la esterilización escénica de obras realmente importantes. Para decirlo con un poco de verdad, la obra de Stoppard, a pesar de la impecable traducción de Juan Tovar, pertenece a esta segunda categoría.