En el recuento de los espectáculos que marcaron nuestra memoria durante la década de los noventa (Proceso 1209), mencionamos la visita a nuestro país, en 1992, del Theater an der Ruhr. En aquella ocasión, y con amplio apoyo institucional (¡15 logotipos en el programa de mano!), el grupo comandado por Roberto Ciulli presentó, en las cómodas salas de la UNAM, tres espectáculos de gran formato: La muerte de Danton de Georg Büchner, Kaspar de Peter Handke y Muertos sin sepultura de Jean Paul Sartre.
Para tapar la boca a quienes se rehúsan a creer que –en materia teatral– los tiempos han cambiado y no precisamente para bien, el Theater an der Ruhr ha vuelto a México. Esta vez, con dos trabajos de formato íntimo (un monólogo y un espectáculo de dos actores) que se presentaron, sin apoyo institucional, en el indómito Teatro Santa Fe gracias a la heroica gestión de Gilberto Guerrero y su asociación civil: Perro Teatro.
No obstante, el “optimismo de la acción” (y no aquel entusiasmo desprovisto de inteligencia) ha demostrado una vez más su auténtica valía, su importancia como estrategia de resistencia. La sensible reducción de formato no ha restado interés al trabajo y la política cultural de esta admirable compañía.
Precedidos por un par de mesas redondas, donde el pequeño grupo de espectadores pudimos comprobar la agudeza intelectual y la precisión sensible del filósofo italiano devenido director de escena alemán, el Theater an der Ruhr presentó Antes de que el milenio nos separe, monólogo de Manuel Vázquez Montalbán, dirigido y actuado por el actor mexicano David Hevia, y su versión escénica de El principito, la discutida obra de Antoine de Saint-Exupéry.
No deja de inquietar que una compañía de emigrantes que desafía con su composición pluriétnica y su estética al corazón mismo de la xenofobia y el individualismo europeos, y un autor socialmente comprometido, se reúnan para escenificar un monólogo, ese ejercicio actoral (rayano en el narcisismo) que contradice el concepto brechtiano de que en el teatro como en la vida “la unidad social básica no es uno, sino dos”.