A los ojos de unos inquietantes hombres verdes, voyeristas de paja, el motivo de sus tormentos hace su aparición en la forma de mujeres que devoran su carne, “cuando lo que él había pretendido darle(s) era su alma”. Fláccidos fantasmas, el poder seductor de estos vampiros no es sino una nostalgia, sus acrobacias sexuales una gracejada, el erotismo una mera consolación.
Una última variación introduce el tema de la devastadora lucha entre damas. Las actrices, en el camerino, se preparan para representar La más fuerte ante la anunciada comparecencia del marido-amante, autor-director.
Al escuchar la primera llamada respiré aliviado. No, afortunadamente este primer acto, el más suyo, no presentaba a un Gurrola dócil; sólo confirmaba lo que todo mundo sabe hace ya algunos años: las provocaciones del maestro se institucionalizaron; carecen de eficacia.
La segunda parte, sin embargo, completa la operación y deja ver –ciertamente con poca vitalidad– algunas de las cualidades que lo hicieron un importante renovador de la escena mexicana. Los hombres verdes se transforman en arbolitos navideños, el table en un café danés de centro comercial. Un divertido Christmas Kitsch que propina la atmósfera de patético contraste al duelo mental de La más fuerte.
Alternando los papeles, Rocío Bolíver y Surya MacGregor se someten a este clásico ejercicio actoral. En el papel silente, la segunda se siente un tanto rígida, como impelida a hablar.
La destrucción de la rival, a través del arma más temida por el autor: la lectura del pensamiento ajeno, nunca sucede. Rocío Bolíver ilustra permanentemente. Incluso, en los espacios de pensamiento de este locuaz personaje –que quizás no debería permitírselos–, la actriz muestra al público que piensa; mas su truco queda descubierto de inmediato, pues nunca muestra lo que piensa.
Así, más bien desangelado termina el espectáculo.