En la atmósfera efervescente de principios del siglo veinte, llama la atención el radical esfuerzo renovador en todas las disciplinas del arte y, particularmente, la colaboración de las grandes personalidades creadoras en los terrenos de la representación. A la luz de aquellas experiencias, nada es menos novedoso que la creación interdisciplinaria.
De las sesiones de los futuristas italianos a las provocaciones públicas de dadá, el hecho vivo de la representación fue utilizado siempre como el lugar idóneo para desafiar las convenciones del arte establecido y al cómodo espectador que lo sustenta.
Amén de facilitar el acceso a un público amplio, la multiplicidad de lenguajes que conviven en el hecho escénico permitía el replanteamiento radical de las relaciones del arte con la sociedad de su tiempo. Si a esto añadimos el carácter desacralizado, frívolo o francamente vulgar, de formas de expresión como el circo o el teatro de variedades, es posible explicar la convergencia, en tales latitudes, de artistas tan inquietos como Picasso, Satie y Cocteau (Parade), para citar sólo un ejemplo.
A esta atmósfera corresponde La historia del soldado (1918), de I. Stravinsky y F. Ramuz, que sube a escena martes y miércoles en el Foro Experimental de la Escuela de Danza del Centro Nacional de las Artes, bajo el sello de Producciones Paraguas.
Y a la recuperación de aquellas ríspidas y brillantes tonalidades corresponde su primer gran acierto: el espacio diseñado por Xóchitl González que incluye, en una especie de tribuna circense, la presencia de los músicos ataviados dentro de las convenciones establecidas para la soirée.
Con un fondo que recuerda el estilo decorativo de la época, la pista central es un octágono de arena que invita tanto al ejercicio clownesco como al dibujo alucinatorio de los derviches. Con toscos elementos de amplio poder sugestivo, como la minimalista representación del pueblo, el espacio convive con la vigorosa partitura interpretada por Noemí Brickman, Víctor Flores, Jean Hay, Lucy Mackall, Christopher Thompson, Gustavo Rosales y Gabriela Jiménez, quienes persiguen afanosamente la invisible batuta de Jorge Mester.