En la discusión reciente sobre la validez de los talk shows, que satura las páginas de diarios y revistas, a nadie se le ha ocurrido pensar en los efectos terapéuticos que dichos programas podrían tener en quien los produce.
Hundidos en la vorágine de su propio drama, los panelistas, cual malos actores, ilustran y se regodean en sus propias miserias mientras son acicateados por los conductores, la versión ínfima del dramaturgo y el director de escena.
Una mínima distancia crítica podría en cambio convertir la experiencia en una auténtica cura. Las circunstancias de ficción o un elemental sentimiento de vergüenza deberían transformar el vértigo de la borrachera en el inicio de la cruda emocional.
Tan sorprendentes efectos pueden ser comprobados, sin menoscabo de diversión, en la puesta en escena de Talk Show que, con merecido éxito, se lleva a cabo los fines de semana en el Foro Sor Juana Inés de la Cruz del CCU.
Plena de humor, la muy eficaz escenificación de Mauricio García Lozano otorga una estilizada brillantez a las peripecias de un periodista comprometido cuyas tragedias amorosas lo arrastran hasta los voraces territorios de la realidad convertida en espectáculo.
Sobre un espacio mínimo diseñado por Gabriel Pascal, que conjuga una habitación realista con una ventana abierta a la fantasía y se proyecta frente al espectador cual auténtico set televisivo, García Lozano contrasta el drama íntimo del protagonista con sus idílicas ensoñaciones y los apabullantes allanamientos cometidos por los cazadores del rating.