No es poca cosa –insisto-, reunir en Querétaro a grandes especialistas provenientes de muy diversas latitudes y tradiciones espectaculares, con las aguerridas huestes del teatro nacional.
Entre el 14 y el 26 de agosto, la efervescencia creativa y el rigor pedagógico sentaron sus reales en la hermosa puerta de tierra adentro gracias a la hospitalidad del Colegio Nacional de Danza.
A la polémica presentación defeña de Once (espectáculo del grupo Derevo que ha triunfado, entre otros, en los festivales de Edimburgo-off, Tempere y Hong Kong), siguieron las representaciones del muy aplaudido Ícaro, del Teatro Sunil, y el unipersonal Reflection, también de Derevo Laboratorium.
Nada novedoso, es cierto, en su incorporación de los códigos gestuales de la danza butoh, el espectáculo del grupo ruso afincado en Alemania es, no obstante, una gran demostración del manejo escénico de la energía.
Sostenido durante 50 minutos por la extraordinaria ductilidad corporal de Tanya Khabarova y una pista sonora admirable, Reflection es un viaje a los orígenes y una exploración del movimiento asociado a los instintos primitivos.
La mezcla de descargas emotivas de claro tinte expresionista, características del butoh, y los espacios de introspección (como el gran vacío con que concluye el espectáculo y otorga un tiempo de reflexión para el espectador), fueron la materia con que los pedagogos de Derevo bombardearon a los asistentes a su taller. Al cabo de unos días, el grupo era ya una combinación de lisiados de guerra y aspirantes a monjes budistas.
Por su parte, el casi nacionalizado Daniele Finzi desató el entusiasmo de un contingente empeñado en descubrir “el principio de la incoherencia”. A partir de la intrínseca inhabilidad del clown, Daniele ha construido, como pudo comprobarse en su charla-demostración, un mundo de seres cuya fragilidad anímica denuncia la violencia de la vida contemporánea.